Chupitos

Es un hecho que cuando llega el calor y en especial durante el paréntesis vacacional, muchas personas aumentan el consumo de alcohol habitual, a raíz sobretodo de un mayor contacto social en contextos de ocio, con más tiempo libre y temperaturas más elevadas.

De hecho, durante las vacaciones se suelen relajar las rutinas y hábitos cotidianos, y además en nuestra cultura occidental -donde se tiende a banalizar el consumo de alcohol-, a menudo se llega a fomentar el consumo alcohólico en contextos de ocio y vacacionales. Todo ello contribuye a disminuir la percepción de consumo alcohólico entre la población no abstemia, en especial entre los/as jóvenes de entre 25 y 34 años, según la mayoría de estudios realizados. En este sentido, existe el llamado síndrome del corazón en vacaciones, consistente en una aceleración del ritmo cardíaco debido a una ingesta excesiva y brusca de alcohol en un día concreto, que conlleva arritmia, mareo, falta de aire y dolor torácico. Se da mayormente entre la población joven y en contextos macrosociales.

La realidad es que el alcohol es un tóxico depresor que, como sustancia psicotrópica, tiene efectos nocivos en el sistema nervioso central, alterando el funcionamiento normal de la mente –las emociones, el pensamiento y la conducta- de quien lo ingiere. Esto es así ya desde el primer trago, y por lo tanto aunque a menudo se ensalzan algunos beneficios del consumo moderado de ciertas bebidas alcohólicas, si hablamos en propiedad no existe una cantidad de consumo alcohólico recomendable que sea inocua. En este sentido, la buena fama que tienen en nuestra sociedad los nutrientes de un buen vino o de una refrescante cerveza –taninos, cebada, lúpulo, etc-, no está exenta de riesgos en función de los gramos de alcohol que su consumo comporte, ya que la única recomendación rigurosa de ingesta alcohólica saludable es cero.

Dicho lo anterior, desde el punto de vista de los hábitos de ingesta alcohólica, debemos distinguir entre 3 grandes tipos de personas consumidoras de alcohol, con distinta trascendencia para la salud de las mismas.

 

No Alcohol

 

Consumidores Moderados Habituales

En primer lugar tenemos a los consumidores moderados habituales, que pueden ingerir alcohol cada día o de forma más esporádica, siempre en cantidades muy moderadas y habitualmente acompañándose de ingesta alimenticia sólida, de forma parecida a otro producto gastronómico líquido no alcohólico, y sin variar el patrón de consumo a lo largo de la vida. En este grupo de consumidores, aunque cerebro y mente puedan experimentar ciertos cambios respecto a su estado habitual, no se suelen percibir cambios significativos y de hecho no se tiene consciencia de estar psicológicamente alterado como consecuencia de un consumo alcohólico, siendo posible realizar un estilo de vida normal.

 

Abuso Alcohólico

En segundo lugar están aquellas personas que cumplen los criterios clínicos del denominado abuso alcohólico. Estas personas ingieren alcohol en cantidades y frecuencia suficientemente elevadas como para notar unos claros efectos nocivos en su estado de  consciencia, en el control de sus emociones y equilibrio locomotor, así  como en el tipo de pensamiento. Este patrón de consumo recurrente, acaba afectando al estilo de vida habitual, dificultando significativamente el cumplimiento de las obligaciones cotidianas e interfiriendo en las relaciones interpersonales y familiares. En este contexto pueden fácilmente aparecer conductas agresivas y episodios de ira. Aunque en el abuso alcohólico todavía no se cumplen los criterios clínicos que definen una dependencia o adicción.

 

Dependencia o Adicción al Alcohol

En tercer lugar encontramos a las personas que sufren una dependencia o adicción al alcohol. Estas personas suelen proceder del anterior patrón de abuso alcohólico, y han llegado al punto que su cerebro ha desarrollado una dependencia fisiológica al alcohol. En este estado el cerebro necesita el alcohol de forma continuada, y si no se ingiere aparecen los síntomas de abstinencia, como la aceleración cardíaca con sudoración, temblor de manos, nauseas o vómitos, insomnio, agitación psicomotora, ansiedad, irritabilidad e incluso algo parecido a las crisis epilépticas. El nivel de afectación en el estilo de vida es total, ya que la necesidad fisiológica del consumo genera un cambio en las actividades diarias y las prioridades de la persona, abandonándose todo aquello que no proporciona el conseguimiento del consumo, hasta convertirse en la máxima prioridad del adicto. Todo ello va empeorando y cayendo en una espiral o círculo vicioso, que deteriora la salud en los planos médico -nervioso, endocrino, hepático-, psicológico y emocional, laboral, económico, social y familiar.

Depresion ALCOHOL

Como podemos ver, existen diferencias abismales entre distintos patrones de consumo, algunos de los cuales pueden convertirse en un problema para nuestra salud e incluso en un trastorno mental grave.

En este sentido y como consejo general, decir que cuando tengamos una bebida alcohólica ante nosotros debemos ser siempre conscientes del elemento tóxico que ésta conlleva, y moderar al máximo su consumo. Del mismo modo, será igualmente importante buscar ayuda profesional si observamos  que entramos en un patrón de consumo que afecta significativamente a nuestro estado psicológico habitual.